El perfume del mes de abril tiene el olor a primavera
Buenos días, nos preparamos para la Oración de la mañana en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
El perfume del mes de abril tiene el olor a primavera. Es un perfume fresco y floral de alegría y dulzura, de rayos de sol intensos y colores preciosos. Este mes de abril es también un mes de alegría: el del camino pascual, el de la evidencia que Cristo ha resucitado. ¿No es acaso la resurrección del Señor un milagro extraordinario?
Ya era consciente Jesús que al tercer día resucitaría. Que no se iba su cuerpo a pudrir embalsamado en el interior del sepulcro de José de Arimatea. Porque Él tenía que volver a la vida para darnos esperanza y lanzarnos a la misión de anunciar la buena nueva de su resurrección gloriosa. Y lo sabía también María, la Virgen, a pesar del sufrimiento lógico de permanecer al pie de la Cruz observando aquella cruel agonía del Hijo amado. Allí, a los pies llagados del Cristo redentor, manteniendo firme su dignidad de mujer elegida por Dios para dar vida al Salvador del género humano, estaba María. Y me invita cada día a postrarme ante la Cruz, haciéndole compañía para que no me acostumbre a ver a Jesús crucificado.
Me siento cada día muy confortado al lado de la Virgen, me impulsa a olvidarme de la relatividad de las cosas de la vida, para clavar su modelo en Ella, la mujer entregada por entero a Cristo. Y llegar a Jesús a través de Ella. Los Evangelios no nos cuentan nada de la Virgen después de la Resurrección de Jesús. Sólo nos hablan de los encuentros con los discípulos, incrédulos, miedosos, acobardados, encerrados en su casa y temerosos como hicieron cuando huyeron medrosos del lado del Señor en los momentos previos a la Pasión. Pero ese no fue el caso de María. La Virgen fue fiel siempre a pesar de su profundo dolor, de su sufrimiento extremo como Madre. Y esa fidelidad le dio, con toda seguridad, la oportunidad de ser la primera que percibiera la resurrección de su hijo. Es parte de la intimidad entre la Madre y el Hijo, el regalo que le hiciera Dios por tan sublime «¡hágase!».
¿Por eso quién mejor que María para alejar los miedos de nuestra vida, para guiarnos de manera certera hacia Jesús? En este día, me alegro de nuevo de contar con el cariño de la Virgen, de ahondar en su cercanía, de poder contarle mis alegrías y mis penas, de acercarme a su bondad y misericordia y exclamar con gozo: "Reina del cielo, alégrate, aleluya; porque el Señor a quien mereciste llevar en tu seno, aleluya, resucitó según lo había predicho, aleluya. Ruega al Señor por nosotros. Aleluya."
Cristo vence, Cristo reina, Cristo impera, Cristo Luz infinita, alumbre nuestra inteligencia, AMÉN.
¡Que tengáis todos un feliz día! ¡Disfrutad del fin de semana!
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, AMÉN.